El burka, menos popular en los países musulmanes de lo que habitualmente se ha creído

Uso de burka en sociedades musulmanes

Un fascinante estudio de la Universidad de Michigan preguntó en siete estados musulmanes, qué estilo de ropa es el más apropiado para las mujeres. Las respuestas de los encuestados rompen con los mitos asentados en Occidente porque ninguna opción de las que aparecen en el gráfico despertaron unanimidad.

Por ejemplo, el burka no es popular en ninguna nación . El nicab, la segunda opción más conservadora, es la opción más apoyada en Arabia Saudita y ligeramente en Pakistán. Por el contrario, casi la mitad de los libaneses encuestados dijo que las mujeres no necesitan cubrirse la cabeza y un tercio de los turcos se manifestó en el mismo sentido.

La opción más popular es el jiyab blanco ajustado, popularmente conocido como velo, que cubre el pelo y las orejas de la mujer por completo, pero muestra los ojos, la nariz, la boca y las mejillas. Este estilo recibe la mayoría de votos en Túnez, Egipto, Turquía e Irak.

Una de las respuestas más sorprendentes es que el estudio preguntó a los encuestados si las mujeres deberían elegir su estilo libremente, y alrededor del 50% dijo que sí, en Túnez, Turquía, Líbano e incluso aunque no lo creas en Arabia Saudí.

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    Escrito el por Jorge Mestre en General Dame tu opinión

    ¿Por qué Rusia no quiere ser parte de Occidente?

    Pedro el Grande, zar de Rusia

    ¿Cómo se puede occidentalizar un país tan grande como Rusia? ¿Un país donde durante más de tres siglos sus gentes no conocieron más estilo de vida que el suyo propio?

    No es que crea en el determinismo como idea prevalente en la historia de los pueblos. Pero sí que además del entorno y la cultura, hay un elemento asentado en la psique colectiva, que marca algunas de las pautas del comportamiento en política doméstica y política exterior.

    El caso de Rusia me recuerda al de otras sociedades cuya imposición a la fuerza de la democracia se ha demostrado nada efectiva. Isaiah  Berlin publicó en 1953 su discurso, después convertido en el libro “Historical inevitability” en el que atacaba la idea de defender que la política internacional estuviera dirigida por fuerzas impersonales como la geografía, el entorno y la raza.

    Sin embargo, es evidente que además de los factores mencionados, la psique influye en los acontecimientos futuros, aunque no sean determinantes. Defiendo la idea de un determinismo parcial nacido de la herencia del pasado, donde como dijo Raymond Aaron hay un “libre albedrío pero dentro de unos límites”.

    Rusia tiene reservado un destino para los años venideros. Conocer su pasado es importante para anticiparnos y evitar otros errores cometidos.

    Rusia no ha sabido nunca si es europea o asiática. Por esta razón, se siente, y es diferente de los países de la Europa occidental. En la Edad Media, Rusia, y en especial en Kiev y su imperio, se hallaban unidos a Europa por fuertes lazos, debidos a los vikingos, que llegaron del norte, y a Constantinopla, que ejerció su influencia desde el sur.

    Sin embargo, las invasiones mongolas y, más tarde, la caída de Constantinopla, separaron completamente a Rusia de Europa que hicieron que se volviese de cara a Asia. Ni siquiera la enorme extensión territorial de Rusia bajó Iván III y, después bajó Iván IV, representó un auténtico contacto con Occidente. Por este motivo, ni el Renacimiento, ni la Reforma, cuyas influencias sobre los países occidentales no podrían ser subestimadas, produjeron el menor impacto en Rusia.

    Los zares antes citados entendieron que tenían mucho que aprender de sus más adelantados vecinos occidentales y que la civilización occidental tenía también algo que ofrecer a Rusia; pero esos esfuerzos surtieron poco efecto y, durante el siglo XVI, Rusia volvió a dormirse en su atraso.

    A finales del siglo XVII, cuando Pedro el Grande se convirtió en supremo zar de todas las Rusias, los moscovitas estaban horrorizados ante la idea de verse expuestos a las conductoras influencias de Occidente. De hecho, ningún zar había salido hasta entonces del país. Su objetivo fue occidentalizar a Rusia copiando, por ejemplo, la organización militar de Austria, los modales de Francia, la indumentaria de Inglaterra y la administración de Alemania. Quería destruir todos los testimonios del atraso de Rusia. Quería que está tuviese un aspecto nuevo, un aspecto moderno, un aspecto europeo. Decretó incluso el afeitado de las tradicionales barbas rusas.

    Vladimir Putin

    Hace una semana, en su discurso sobre el estado del país, el presidente Putin habló de la decadencia de la civilización occidental y se atribuyó a sí mismo un papel como garante de los valores tradicionales. El dirigente ruso, contra lo que se cree en los países occidentales, representa una trayectoria lineal en la tradición rusa, que no hay que confundir a Boris Yeltsin, que pese a las expectativas marcadas supuso una verdadera anomalía porque se había encontrado un país en bancarrota, descontento con la política aperturista de Gorbachov, y que se topó con la oposición mayoritaria de los rusos.

    El zar Pedro el Grande, no consiguió tampoco gran cosa en la occidentalización del pueblo ruso, hace 300 años. Fuera de su corte y de su inmediato círculo de influencia, sus decretos tuvieron poca eficacia. La razón de esto era muy sencilla; el pueblo ruso no se quería occidentalizar, quería vivir según su propio estilo. Fue el mismo quien quiso abrir su ventana permanente sobre occidente creando una nueva capital que se llamó San Petersburgo, para representar su nueva Rusia.

    En San Petersburgo, la influencia de los extranjeros era más manifiesta. Allí los occidentales no estaban confinados en los arrabales de la ciudad como ocurrió en Moscú. El resultado de ello fue que San Petersburgo surgió como un oasis europeo en el interior de Rusia. A lo largo del siglo XVIII, sus familias nobles marcaron la pauta de la occidentalización hasta tal punto de que a finales de siglo, la mayoría de los nobles de la capital conversaban en francés más que en ruso.

    La derrota de Napoleón en su invasión a Rusia hizo que este país se convirtiera en la salvadora de Europa, por lo que en el Congreso de Viena de 1815, Rusia se sintió feliz y cortejada por todos. En lo sucesivo, Rusia representó un papel vital en los asuntos europeos.

    Sin embargo, al igual que ocurre la actualidad, Rusia no era totalmente aceptada por Europa. Su fuerza y poderío despertaban recelos y desconfianzas. Por consiguiente, se quiso fortalecer a Prusia y a Austria, para que dominasen en Europa Central, y Rusia tuvo que quedarse en la puerta, con una fuerza más aparente que real. Lo cierto es que Napoleón fue derrotado por la geografía y el clima rusos más que por un ejército militarmente superior.

    A tenor de lo expuesto, Putin concede a su pueblo un excepcionalismo similar al que Iván III se otorgó cuando tomó el título de zar y adoptó el águila negra y bicéfala de Bizancio como enseña real. El zarismo acabó hace un siglo, por la propia evolución de la historia, para ser sustituida por unos gobiernos también autoritarios aunque ideologizados. Desde la caída del comunismo y, concretamente en los últimos quince años, se ha visto que el espíritu del zarismo había estado adormecido pero no eliminado hasta comenzar a resplandecer de nuevo en el siglo XXI. Pienso que quien suceda a Putin, asumirá los mismos retos que él y tendrá que ver más con él, que con cualquier otro modelo de presidente soñado por Occidente.

    Las revoluciones en el arte e ideas del Renacimiento que marcaron una época llegaron muy tarde a Moscú a consecuencia del estancamiento sufrido durante dos siglos por la dominación de la Horda de Oro. En el siglo XVI volvió a ocurrir lo mismo. Rusia siempre fue un imperio y una de las potencias más atrasadas, sin el desarrollo económico, político o cultural de sus vecinos occidentales. Tan sólo adoptó las características externas de Occidente, pero si desde Pedro el Grande hace 300 años se ha resistido a avanzar en dicho camino, dudo que lo vaya a hacer alguna vez.

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      Escrito el por Jorge Mestre en General 1 Comentar

      El colapso inminente de las monarquías del Golfo

      Christopher Davidson se pregunta en su último libro “After the Sheikhs” (“Después de los jeques”) por las razones por las que las monarquías del Golfo Pérsico sobreviven en el tiempo y explica que han aplicado aspectos de su estrategia doméstica a lo largo y ancho de la región e incluso en la comunidad internacional. De hecho, la distribución de riqueza no se excluye a la población nacional pues es usada de forma creciente para comprar influencia y voluntad donde sea, especialmente en otros países musulmanes y árabes.

      Los procesos de formación de los estados de las pequeñas monarquías del Golfo, en particular sus históricas relaciones con el Reino Unido y otros estados extranjeros, son cruciales para entender las instituciones políticas que han desarrollado, aclara Davidson.

      El modelo de estado rentista que distribuye de riqueza entre la población y la creación de una identidad nacional que persigue la formación de una élite de clase compuesta por gente de la región es la característica clave en las seis monarquías, Arabia Saudí, Omán, Bahrain, Qatar, Kuwait y Emiratos Árabes. Pero otros recursos no económicos son también importantes. En este caso, habría que referirse a estrategias de culto de la personalidad, la autonomía a la religión, herencia tribal y otras fuentes tradicionales de poder y autoridad.

      De la misma manera, extensas y costosas misiones de paz han sido enviadas a zonas de conflicto cercanas, lo que ha servido para posicionar a las monarquías del golfo como benevolentes vecinos. Más sutilmente han intentado comprar influencia y apoyo en las potencias occidentales y orientales.

      Las monarquías del golfo se han convertido en exponentes claros del enfoque de soft power que describe Joseph Nye, pues varias de las familias que ostentan el poder y sus correspondientes gobiernos no solamente han buscado usar su recursos para pagar a actores externos, sino que han intentado postularse como miembros responsables de la comunidad internacional.

      Sin embargo, las presiones internas y la debilidad son manifiestas en todas las monarquías, afectando a la capacidad de distribuir riqueza y satisfacer las expectativas de los ciudadanos. El declive de los recursos naturales y la eclosión de la juventud que se avecina debe tomarse en cuenta, así como los riesgos de los subsidios insostenibles, desempleo voluntario y nacionalización de la mano de obra. La corrupción y el expolio de los recursos nacionales por los gobernantes es una preocupación en aumento. Las políticas emprendidas han posibilitado financiar proyectos de prestigio, duplicando gastos y acumulando riqueza personal.

      Otra de las presiones internas es el incremento de la pobreza entre los habitantes de estos países. La discriminación contra ciertos sectores de la sociedad y el uso extensivo de la censura son tambien preocupantes, según el autor.

      Para Davidson, de las seis monarquías, Bahrein tiene el futuro más sombrío, con poca esperanza de que la familia real pueda restaurar la legitimidad para gobernar sin tener que recurrir a la represión. Si se mantiene a flote es por sus aliados regionales, como Arabia saudí y Emiratos Árabes, los cuales tendrán que seguir enviando tropas y proveer de asistencia financiera.

      Otro país que puede seguir el camino de Bahrein es Omán, con pocos recursos para alimentar indefinidamente oportunidades en el sector público para sus ciudadanos con el fin de apaciguar las protestas y demandas. De hecho, la estabilidad de Omán reside en la asistencia externa, sobre todo de Arabia saudí.

      Según el autor, Arabia Saudí y su familia real es el estado más estable de la región porque tiene capacidad para seguir distribuyendo riqueza con el fin de apaciguar a sus ciudadanos, pero en realidad el sistema saudí es igual de insostenible y se encamina igualmente a su agotamiento para los próximos años.

      Qatar y Emiratos Árabes se encuentran en buena posición. En el caso de Qatar su gobierno parece más proclive que sus vecinos a seguir rutas constitucionales en los próximos años. El libro de Davidson es una obra de referencia para conocer los problemas internos a una de las zonas más inestables del planeta, situada en Oriente Próximo, y que aún se hace más complicada no solamente por la llegada de una nueva y futura primavera árabe, sino por el reciente acuerdo con Irán que alimentará la desconfianza de los aliados tradicionales en la región con EE UU y por la disminución de la dependencia energética con estos países del Golfo.

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