Éxodo de talento

Viernes, 20 de enero de 2012

Que una tercera parte del casi 1,5 millones de universitarios españoles esté preparando las maletas para buscar oportunidades profesionales en el extranjero debería ser motivo de gran preocupación. Pero no es así. Hasta ahora se ha hablado de esta realidad como un hecho circunstancial rayano entre lo aventurero y lo infortunado de un sistema incapaz de absorber la demanda de empleo de sus jóvenes.

En estos tiempos de crisis nos hemos atiborrado a hablar de los desequilibrios presupuestarios de las administraciones públicas que han dilapidado el dinero de todos de manera desaforada y sin control alguno. Casi todos estos desequilibrios vienen recogidos en la contabilidad de las administraciones y dichas pérdidas aparecen pues allí reflejadas.

Sin embargo, el éxodo de los jóvenes españoles, la gran mayoría universitarios tiene un impacto económico y unas consecuencias sociales en el largo plazo de las que pocos se han parado a pensar por la brecha que separa lo prioritario de lo urgente. No conozco ningún economista que haya hecho un estudio sobre el coste que supone que varios cientos de miles de nosotros acabe buscando mejor fortuna en el exterior.

Podemos hacernos alguna idea. Si cada universitario supone para el erario público unos 7.000 euros y pensamos que en los cuatro años de crisis unos 300.000 jóvenes ya han abandonado el país (las cifras del INE reflejan que el censo electoral de españoles en el extranjero pasó de 1,1 millones en 2006 a 1,5 millones en 2011), habremos perdido unos 2.100 millones de euros en formar profesionales (un 0,21% del PIB) para beneficio de terceros países. Y eso ha sido la tendencia de los últimos años, pero claro está que las perspectivas tan negativas de encontrar empleo contribuirán a una mayor fuga de cerebros de la que ahora conocemos.

Posiblemente la cifra de emigrantes españoles no alcance las cotas de los años 60 del pasado siglo, donde dos millones de personas se vieron obligadas a abandonar su lugar de origen para encontrar empleo. La gran diferencia de la ola de emigrantes actual con aquella es que la de hace cincuenta años estaba compuesta por trabajadores manuales y en un 80% analfabetos, incapaces de situar en un mapa Alemania o Suiza.

Los emigrantes actuales son una pieza clave para el desarrollo no sólo económico de la sociedad española, sino para el mantenimiento de la clase media. No se trata por tanto solamente de la pérdida de profesionales, sino de la pérdida de la clase media que es la que permite un desarrollo equitativo y de igualdad de oportunidades en toda sociedad. Hace cincuenta años emigraban fundamentalmente de las capas sociales con menos recursos y cuyas divisas fueron fundamentales para el desarrollo económico del país.

Los actuales emigrantes son en su mayoría licenciados universitarios a los que ya no les parece claro que la titulación universitaria sea útil en el paralizado mercado laboral de España. No se trata únicamente de contar con un empleo o estar en la calle, sino las inciertas perspectivas que en este sentido hay a medio y largo plazo.

La triste realidad es que esos jóvenes no sólo no pueden desarrollar sus habilidades en nuestro país, sino que además están dispuestos a marcharse para ejercer su profesión. Ese es un fenómeno, nada nuevo, acontecido a lo largo de la historia y que en los últimos años ha acuciado a los países en vías de desarrollo.

Por ejemplo, según Naciones Unidas, India pierde anualmente 2.000 millones de dólares por la emigración de sus informáticos a EE UU. El hecho de que los universitarios indios viajen a estudiar al extranjero supone un coste por salida de divisas superior a los 10.000 millones de dólares anuales. Pero a diferencia de España, el país del sur asiático crece a un ritmo de un 7% anual, tiene una economía muy diversificada, sólo un 10% de paro y, eso sí, ha de hacer frente al desafío que supone reducir las desigualdades económicas y sociales.

A estas alturas trato de buscar el lado positivo para la economía española, para nuestro crecimiento y para nuestro futuro de esta primera ola de emigración del siglo XXI y me cuesta encontrarlo, por no decir que es imposible. Comprendo que hay que atender asuntos urgentes actualmente, pero una crítica generalizada a los gobernantes españoles de los últimos años es su política cortoplacista, más pendientes del día a día, que de la herencia que recibirá la sociedad española en cinco años.

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La interconexión de la crisis

Viernes, 25 de noviembre de 2011

La crisis financiera mundial está altamente interconectada. Los problemas en una parte del mundo pueden repercutir en casi todas los demás y hace que se corra el riesgo de cascada de incumplimientos, contagios y el colapso económico. Tal y como puede verse en el gráfico, la exposición al riesgo de países como Italia y España, hace peligrar las economías italiana o alemana.
Más allá de rememorar a Robert Keohane o Joseph Nye, es hora de tomar soluciones, pero también de replantearse como se han hecho las cosas, ver como las prisas impuestas en su día para dar entrada al euro, hizo que los países con menos recursos de la Unión Monetaria, como Portugal, Italia, Irlanda, España y Grecia accedieran al dinero prestado a las mismas tasas de interés bajas, como los ricos y financieramente prudentes como Alemania, y eso a pesar de que las tasas de inflación eran más altas.
En 2010, las instituciones financieras europeas comenzaron a rescatar a Grecia (después a Irlanda y Portugal).
Sin embargo, Grecia aún necesita más dinero pues sus necesidades de crédito son mayores. Los alemanes se han cansado de pagar el banquete y que sean los otros quienes hagan las invitaciones y se sienten únicamente a comer.
El problema es que el caos griego, con un consiguiente impago, podría afectar a todos los bancos europeos y dicho efecto contagio podría causar un pánico generalizado. Los bancos estadounidenses están además muy expuestos a España, Irlanda e Italia. En el caso español, la deuda de los bancos españoles con los estadounidenses asciende a 50.100 millones de euros. Además, las exportaciones a la Unión Europea, el mayor socio comercial de EE UU, podrían verse afectadas si la crisis frena el crecimiento europeo y hace que el euro se deprecie aún más frente al dólar.
Para hacer frente a los rescates de los tres países rescatados, más España e Italia, se necesitarían más de 2 billones de euros, el doble que el PIB español, y actualmente la UE sólo cuenta con 450.000 millones para dichos salvamentos.

Deuda de los bancos y deuda de los paises euro UE

VER GRAFICO FLASH – La interconexión de la crisis

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¿Podría haber sido Steve Jobs español?

Lunes, 24 de octubre de 2011

silueta steve jobs manzana apple
No se trata de una pregunta con doble intencionalidad. Este interrogante no cuestiona la posibilidad de que el recientemente fallecido Steve Jobs pudiera haber nacido en España, sino si el personaje, el empresario y emprendedor podría haber conseguido sus hitos empresariales desde España.
Esta pregunta podría ser contestada con vagas respuestas que no servirían para aclarar nada, pero por diversas razones sobre las que he estado reflexionando en los últimos días, me atrevo a decir que en España habrían pasado más de 20 años desde los que Jobs hubiera caído en desgracia.
Un autor de cabecera de políticos como Bill Clinton, me refiero a Malcolm Gladwell describió en su reconocida obra Outliers como algunos individuos alcanzaron el éxito a través de sus trabajos. En uno de los capítulos analiza el éxito de empresarios de las nuevas tecnologías como Steve Jobs y Bill Gates para decir de ellos que la línea de tiempo en la que ambos nacieron, a mediados de los años 50, les brindó una ventaja competitiva sobre el resto de emprendedores.
Pero aparte de las circunstancias de nacimiento y momento histórico, la ubicación y los factores externos también contribuyen hacia el éxito o fracaso de todo proyecto emprendedor, y en el caso de Steve Jobs, no hubiera sido lo mismo de haberse desarrollado en España.
Según el estudio del Banco Mundial Haciendo negocios 2011, en Estados Unidos se necesitan 6 días y 6 procedimientos legales para arrancar una empresa, comparado con los 47 días y 10 procedimientos legales que se necesitan en España. Pero no sólo eso. Los Estados Unidos es el quinto país del mundo donde más fácil resulta hacer negocios, o donde se puede triunfar como emprendedor. España queda a una larga distancia de dicho país al ocupa una poco meritoria 49ª posición, por detrás de países como Lituania, Armenia o Chile.
Y es aquí donde radica uno de los grandes males de nuestra economía. Estados Unidos es una sociedad que permite y capacita al inventor y al innovador; una sociedad que permite que hombres y mujeres materialicen sus sueños, transformando sus ideas en un nuevo negocio o incluso en una nueva industria que puede cambiar al mundo.
La economía estadounidense está basada en el capitalismo emprendedor. Hace 15 años, dos de sus más grandes multinacionales, Google y Facebook, no existían. Mientras que en Europa sólo el 5% de las empresas creadas en los últimos años forma parte de la lista de las mayores 1.000 corporaciones de la UE por capitalización bursátil, en EE UU esta cifra alcanza el 22%.
El país norteamericano ama a sus emprendedores y les concede las mayores recompensas que en ningún otro país del mundo. De hecho, muchos de los ciudadanos más ricos del mundo son emprendedores estadounidenses. Desde el clásico Bill Gates, al billonario más joven del mundo, Mark Zuckerberg, creador de Facebook.
Los jóvenes americanos son educados en los colegios con las historias de sus inventores, como Benjamin Franklin, o a sus innovadores y emprendedores, como Thomas Edison. La tremenda consideración con sus emprendedores tiene como consecuencia que muchos jóvenes americanos sueñen con ser el próximo Bill Gates o Steve Jobs.
El presidente Obama explicaba recientemente que lo que mejor que hacen en los Estados Unidos es transformar ideas en inventos e inventos en industrias. Esta ha sido una de las razones de la fortaleza económica del país en los últimos 200 años, la capacidad de tomar ideas y transformarlas en compañías e industrias nuevas.
Las empresas estadounidenses tienen una libertad inusual para contratar y despedir trabajadores, y sus ciudadanos tienen una fe en sí mismos inusual, basada en la idea de que su destino está en sus propias manos. Se sienten cómodos con la toma de riesgos, idea clave en todo emprendimiento.
Allí, las recompensas por el éxito pueden ser enormes y los castigos por el fracaso a menudo son triviales. En otros países, como España, la quiebra significa la muerte social. En Estados Unidos, particularmente en Silicon Valley, representa una insignia de honor.
Poco es conocido que los éxitos de Steve Jobs se edificaron sobre sus fracasos anteriores. En 1985, la industria del ordenador personal vivió una época de caída de ventas y las quejas en el interior de Apple sobre Jobs fueron en aumento hasta que el consejo de administración decidió despedirlo.
Quienes le visitaron días después describen que nunca le habían visto tan deprimido. A partir de entonces el fundador de Apple dudaba sobre qué hacer con su vida. Se planteó establecerse en la Unión Soviética para promover el uso del ordenador o incluso de entrar en política.
Pero por encima de todo, Jobs quiso demostrar que sus éxitos anteriores no habían sido hechos fortuitos. Tenía la esperanza de demostrar que podía hacerlo de nuevo. A partir de entonces ya son conocidas sus aventuras en NeXT, Pixar y su regreso a Apple.
La historia empresarial está llena de casos donde las segundas oportunidades demuestran que pueden merecer la pena. Thomas Edison naufragó en 10.000 experimentos antes de dar con el filamento ideal para su bombilla incandescente. Incluso Google, el gigante de Internet, ha tenido fracasos sonados. Ser emprendedor no tiene nada que ver con lograrlo a la primera, sino en volver a intentarlo.
En EE UU, un emprendedor tiene 3,75 fracasos de media antes lograr un triunfo. Aquí en España, la carrera de Jobs hubiera terminado cuando fue despedido de Apple. Todo el entorno lo habría tachado de fracasado, y es el miedo al fracaso una de las eternas asignaturas pendientes del modelo español que requiere cambios hasta en el sistema educativo para premiar y reconocer el esfuerzo.
En EE UU existe un entorno de políticas públicas que permite a los emprendedores tomar riesgos, crear empresas, e incluso fracasar sin arruinarse. Y es que tienen asumido que el fracaso es crucial para obtener éxito, porque allí existe una cultura fijada más sobre el aprendizaje que sobre resultados.
Si las personas que están al frente de un proyecto, como ocurre en España, deben pagar con su patrimonio personal tras un primer fracaso, ¿quién apostará por ser emprendedor? Por tanto, no nos llevemos las manos a la cabeza cuando conocemos estudios que afirman que un 72% de jóvenes desea ser funcionarios en España frente a un 4% que aspira a crear su empresa. Es la respuesta lógica a este sinsentido imperante en nuestra sociedad.
Urge por tanto cambios legislativos que limiten de verdad la responsabilidad de los emprendedores y no acaben por convertirlos en los paganos de la economía del país olvidando que el emprendedor es quién se juega su dinero, quien crea empleo y hace avanzar una economía.
La recesión se ha llevado por delante una de cada diez empresas que tenía este país hace cuatro años, a razón de 264 cierres diarios, con los perversos efectos mencionados que ello provoca en sus emprendedores.
Estoy convencido, por todo ello, de que habrá ahora más de un Steve Jobs en España, pero no se les facilita desarrollar su talento y ahí están, como otros tantos emprendedores frustrados que no pueden llevar a cabo sus proyectos por la represión de un sistema cortoplacista, miope, que se llena la boca de halagos hacia los emprendedores cara a la galería, pero que realmente vive obsesionado por el potencial recaudatorio de cada emprendedor antes que recompensar su capacidad de creación.

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