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Archivo para agosto, 2006

Mitos del antiamericanismo: El huracán Katrina

Jueves, 31 de agosto de 2006


Nueva Orleans visto por el New York Times, un año después
Con este artículo, comienzo una serie de análisis dirigidos a aclarar una cantidad importante de mitos sobre EE UU y que alimentan el antiamericanismo galopante en buena parte de los medios de comunicación europeos y que es lo que luego cala en la sociedad. El primero que he considerado importante abordar es que el se refiere al huracán Katrina ahora que se cumple el primer aniversario de una catástrofe natural sin precedentes que destrozó el Golfo de México y que fue utilizada por muchos para atacar a George Bush y a fragilizar la imagen de EE UU como superpotencia.

Fue una inaceptable mezquindad aprovechar una tragedia de estas características para efectuar ajustes de cuentas políticos a la actual Administración estadounidense. Se dijo que la reacción del Gobierno federal fue lenta, que el país no estaba preparado ante las catástrofes naturales, que no hubo plan de evacuación, que murieron unas 10.000 personas, que se abandonó a la población pobre negra, que francotiradores, saqueos, asesinatos y violaciones fueron la tónica de los días posteriores, etc.

En España, ciertas televisiones y periódicos contribuyeron a alimentar la desinformación y confusión con noticias sin contrastar y basadas en pura rumorología y se “relamieron” -como le dijera Tony Blair a Rupert Murdoch- en la desgracia americana. Al Qaeda celebró las consecuencias del Katrina y en España hubo muchos que se regocijaron para crucificar a Bush.

Veamos algunos de los titulares que pudieron leerse en El País:

“Bush anegado”, editorial del 2 de septiembre  /  “Al Qaeda en Irak celebra la tragedia del Katrina, que considera un castigo divino”, 5 de septiembre.  /  “Tromba de críticas a Bush por dos catástrofes anunciadas”, 21 de septiembre. /  “El Katrina era un desastre anunciado”, 23 de septiembre. / “El peor momento de Bush” , 4 de septiembre. / “Las bandas armadas desatan la anarquía” del 2 de septiembre de 2005. / “La tragedia deja al descubierto la marginación de los negros”, 3 de septiembre.

Meses después, concretamente el 28 de febrero de 2006, EL PAIS, en su editorial “Sin compasión” decía “qué rápido ha olvidado esta Administración (la de EE UU) las lecciones del devastador huracán Katrina”.

Pero volviendo a las fechas de la tragedia, el 1 de septiembre, un editorial de “El Periódico de Catalunya” titulado “Desbordados” afirmaba que “de momento lo que se ha visto es impotencia para evacuar las zonas amenazadas y un insuficiente reparto de ayuda. Además de una tardía interrupción de las vacaciones presidenciales, difícil de explicar”. Días después, el 12 septiembre, aseguraba el rotativo catalán en su editorial “Bush, al descubierto” que “Bush puede acabar su mandato en la Casa Blanca como un mal presidente” y añade que “crece la impresión de que Bush, al final, será otro presidente que, como Aznar, saldrá del cargo por la puerta de atrás”.

Dos muestras más de intoxicación informativa fueron la del 8 de septiembre de 2005 cuando la Cadena Ser anunciaba que “4.000 cadáveres llegan a la morgue” o en el momento en que TVE dedicó su informativo de Informe Semanal de mediados de septiembre a un reportaje titulado “El rastro del huracán” y en el que se hablaba de miles de muertos y ponía a la administración Bush como blanco de todas las críticas.

El Katrina expuso errores en la habilidad del Gobierno para gestionar una catástrofe como aquella, pero puso de relieve el fracaso de muchos medios de comunicación por trasladar a sus audiencias historias incorrectas, falsas o erróneas. Tras un año de lo ocurrido y tras conocerse la verdad, la gran mayoría de ellos siguen sumidos en la irresponsabilidad de no corregir sus fallos.

Y es que en la inmensa mayoría de informaciones que se reprodujeron desde el 29 de agosto hasta finales de septiembre de 2005 hubo una serie de informaciones coincidentes que con el tiempo han pasado no sólo al terreno de las leyendas urbanas, sino también de las mentiras.

Primer mito. El Gobierno federal reaccionó tarde y lento tras el paso del huracán “Katrina”.


30 de agosto 2005. Un helicóptero de la guarda costera rescata a varios ciudadanosLa respuesta al Katrina fue la mayor y más rápida operación de rescate en la historia de EE UU con la llegada de casi 100.000 personas de los servicios de Emergencias durante los tres días siguientes a la llegada del huracán.

Un buen número de miembros de la Guardia Nacional y helicópteros de la Guardia Costera llevaron a cabo los primeros rescates dos horas después del impacto del Katrina en la costa. Al final de la primera semana, 50.000 miembros de la Guardia Nacional desplegados en toda la costa del Golfo de México salvaron las vidas a 17.000 personas y 4.000 guardas costeros impidieron un fatal desenlace para 33.000 personas.

Es ridículo pensar, como en aquel entonces se comentó, que la guerra de Irak impidiera el envío de suficientes soldados a la zona. Todas estas unidades tuvieron ayuda además de todas las administraciones (local, estatal y federal), incluyendo cinco helicópteros del buque militar “Bataan” y helicópteros de la Fuerza Aérea y policía.

Por ejemplo, el Estado de Louisina aportó 250 agentes en lanchas, mientras que el FEMA (Agencia Federal de Gestión de Emergencias), policía estatal y local se sumaron al operativo de rescate, que junto con voluntarios, lograron salvar 20.000 vidas a fecha 8 de septiembre.

Mientras que las críticas se dirigieron al FEMA, este organismo ayudado por las demás administraciones, cosechó un enorme éxito dadas las dimensiones del área devastada por el Katrina, mayor que toda Gran Bretaña. Las simulaciones por ordenador que se habían hecho en alguna ocasión para un huracán de estas características estimaban la muerte de 60.000 personas en todo el estado de Louisiana. Al final, el número de fallecimientos por el huracán fue de 1.833.

No obstante, y pese a las miles de vidas salvadas, las autoridades norteamericanas emprendieron una investigación seria e independiente de lo ocurrido frente a la autocomplacencia de la Europa continental más habituada a eludir responsabilidades y echar las culpas a terceros. La misma operación de salvamento en Europa hubiera sido calificada de exitosa, pero en EE UU no se perdona ningún fallo, ninguna descoordinación. Y si hay que disculparse, uno lo hace, por muy presidente que uno sea.


George Bush y Michael BrownDe hecho, el presidente Bush asumió en primera persona cualquier responsabilidad de la gestión de ocurrido y fue el propio responsable de FEMA, Michael Brown, quien el 9 de septiembre renunció al cargo a los pocos días de la desvastación ante las críticas vertidas sobre él.

La investigación posterior del Congreso evidenció deficiencias y fallos de las autoridades locales, estatales y federales para hacer frente a una emergencia de semejante magnitud. Las investigaciones destacaron los diversos problemas de comunicación y coordinación entre las autoridades a todos los niveles del gobierno que, a su vez, dificultaron los esfuerzos de rescate y reconstrucción y ocasionaron el malgasto de fondos públicos.

Sin embargo, la ocasión era propicia para crucificar al presidente George W. Bush. Periódicos y emisoras de España, Francia, Alemania y Reino Unido trataron de demostrar una superioridad moral inaudita y no reconocieron todo lo bueno que hizo el FEMA, como si la ineficacia fuera monopolio norteamericano (y no hace falta ir muy lejos para comprobarlo) y como si los fallos de un gobierno de un país justificara celebrar la desgracia de sus ciudadanos.

Las investigaciones en EE UU se hacen con luz y taquígrafos, mientras que en España primero se evitan y si no se puede, son simples maniobras a disposición del poder de turno. La gran capacidad de crítica de los norteamericanos fue empleada cicateramente por los de siempre, por los mismos que hicieron presidente a Kerry antes de que se conociera la victoria aplastante de Bush en 2004, por los mismos que viven en su mundo, en una campana de cristal donde todo lo que huela a EE UU representa capitalismo, neoconservadurismo y cualquier etiqueta descalificadora, por los mismos que aprovechan la confusión para atacar al país norteamericano, pero son incapaces de criticar a regímenes represores, teocráticos o dictatoriales como el chino, cubano, venezolano o iraní.

No hace falta irse muy lejos ni en el tiempo, ni en el lugar para recordar la reacción, por ejemplo, del Gobierno español ante acontecimientos graves como la huelga de trabajadores en el aeropuerto del Prat durante este verano o ante el “chapapote” de fuego que destrozó más de 90.000 hectáreas durante dos semanas en Galicia o los incendios de Guadalajara de 2005 y Huelva en 2004. Mejor haría el Gobierno español aceptar que falta mucho por hacer aquí y no presumir de lo que desgraciadamente se carece, porque, hoy por hoy, y como acaban de demostrar los sucesos recientes, España es más vulnerable.


Segundo mito. EE UU no estaba preparada para desastres naturales.


Imagen por satélite del KatrinaEl huracán ‘Katrina’ ha pasado a la historia como uno de los desastres naturales más destructivos jamás vistos, mucho peor que el tsunami del 26 de diciembre de 2004 en el sureste asiático, tal y como reconoció el coordinador de ayuda de emergencia de la ONU, Jan Egeland, quien añadió que la buena preparación y rápida evacuación hicieron que muchas menos personas murieran en la costa del Golfo de México, respecto a las 180.000 que fallecieron por los tsunamis en Asia.

En EE UU fue el séptimo desastre natural de su historia. El huracán arrasó los estados de la costa del Golfo en agosto del 2005 con letales vientos de 209 kilómetros por hora y causó graves inundaciones en Nueva Orleans, una ciudad con muchas de sus zonas asentadas por debajo del nivel del mar.

Pero la devastación del huracán en EE UU era el mejor momento para ridiculizar a una superpotencia, afirmar que no estaba capacitada para afrontar catástrofes como aquella y concluir que “la superpotencia indiscutible del planeta” no podía garantizar la seguridad de sus ciudadanos.

Lo cierto es que como todos han corroborado, el huracán tuvo una magnitud impredecible. Afectó, lo decía líneas arriba, a una extensión mayor que toda Gran Bretaña.

Para los antiamericanos, el presidente Bush tenía la culpa de causar el huracán por haber ignorado los riesgos del calentamiento del planeta. A él se le fustigó por haber desviado fondos y personal hacia Irak. Como ocurrió tras el 11-S, las acusaciones le llegaron como principal responsable de todos los males que caen sobre los norteamericanos.

Los extremistas habituales -norteamericanos y europeos- sentaban cátedra para criticar la política exterior de Bush. Incapaces de analizar el mundo sin el estrechísimo prisma de Iraq, insistieron en que si no se hubiera declarado la guerra, se habrían dedicado los recursos a reparar los diques. Como si fuera razonable pensar que, en aquel momento, se hubiera utilizado el dinero de la guerra para hacer unas reparaciones que se reclamaban hace décadas. Así, El País en un editorial titulado “Incompetencia e imprevisión en EE UU tras el huracán” del 2 de septiembre de 2005 venía a decir que “se podría haber dispuesto de más efectivos si una parte de la Guardia Nacional no estuviera ocupada en Iraq, en una guerra que nunca debió haber comenzado, marcada también por la imprevisión”. En la misma comparación demagógica se posicionaba Le Monde cuando se preguntaba “¿Es razonable gastar millones de dólares para guerrear en Irak si se es incapaz de proteger a sus propios ciudadanos?”.

Ridícula fue también la aparición de los sacerdotes del calentamiento global que, una vez más, aprovecharon para predicar aquello del cambio climático y criticar a Bush por no haber firmado el protocolo de Kioto. Dijeron que el Katrina era otra demostración de que las tormentas son cada día más devastadoras.

Esas fueron las palabras del profesor Xavier Sala-i-Martín, quien aseguró hace un año en un artículo de La Vanguardia, que “un solo episodio nunca demuestra una teoría, la verdad es que en este caso ni siquiera es cierto que el Katrina fue una tormenta anormalmente fuerte: un huracán de categoría 3 en la escala de Saffir-Simpson que va del 1 al 5 (entre ustedes y yo: a lo largo del siglo XX se registraron al menos 23 tormentas de categoría 5 solamente en el Atlántico)”.

Según el Centro Nacional de Huracanes en Miami, el Atlántico se encuentra en un período activo para nuevos huracanes debido a la temperatura del mar y que se podría prologar durante los próximos 40 años, por lo que se esperan docenas de fenómenos como el Katrina para este período.

El daño, en Nueva Orleans, no fue consecuencia tanto de la extremada fuerza del huracán como de las inundaciones que causó el desmoronamiento de los diques. “¿Realmente alguien piensa que si George Bush hubiera aceptado Kioto en el año 2000, el Katrina se habría evitado?”, reflexiona Xavier Sala, quien concluye lanzando una pregunta dirigida a los antiamericanos: “¿qué habrían hecho ellos si el Katrina hubiera pasado por Barcelona?”.

Tercer mito: Las evacuaciones fracasaron y los ciudadanos negros fueron abandonados a su suerte.


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En una entrevista el 8 de septiembre al frustrado presidente y autoproclamado líder de los derechos civiles, Jesse Jackson, aseguraba a El País que “la administración de Bush ha sido incompetente y racista”. También el presidente venezolano, Hugo Chávez, criticó al Gobierno de Estados Unidos por no haber previsto un plan de evacuación: “El huracán venía en cámara lenta (…) desde hace como cuatro días venían anunciando que va a pasar. La primera potencia del mundo, que está pendiente que en Irak no se qué, que en Venezuela no se qué, y en su propio territorio deja a su población a la deriva…”, dijo Chávez, al calificar de “increíble” que las autoridades estadounidenses supuestamente no activaran un plan de evacuación en las zonas afectadas por el ciclón.

Sin entrar a valorar las palabras del esperpéntico “caudillo bufón”, cualquier persona tiene derecho a mostrar su descontento con el gobierno federal (sin olvidar al local y estatal también), pero no se puede decir que se actuara con tintes racistas como hizo Jesse Jackson o Michael Moore, quienes les faltó tiempo para decir que las víctimas eran los negros del Superdomo y del Centro de Convenciones.

Cuando llega una catástrofe como ésta los más vulnerables siempre son las personas de edad avanzada, personas en silla de ruedas y quienes, en definitiva, necesitan ayuda, independientemente al color de la piel. Muchos de los que se quedaron en la ciudad lo hicieron por voluntad propia. 

Fue lamentable observar la cara de felicidad detectada en algunos presentadores de informativos españoles y los comentarios de ciertos eunucos intelectuales antiamericanos que justificaron la desgracia ajena apelando a una supuesta arrogancia estadounidense y aprovecharon para despotricar contra las supuestas injusticias de esa sociedad. De este modo, el 3 de septiembre de 2005, en un editorial de El Periódico de Catalunya (“Bush no ha dado la talla”) se podía leer que “la tragedia de Nueva Orleans ha hecho emerger algo más profundo: las consecuencias de un modelo de sociedad que no garantiza la ayuda a los que quedan atrás”. “El Gobierno de Bush no podrá evitar que caiga encima suyo el descrédito”. “Ha quedado retratado con sus confusas explicaciones y su retaso en dar la cara y en movilizar a unas Fuerzas Armadas disminuidas por la ocupación de Iraq”.

Un bombero rescata a una ancianaEra cierto que las imágenes de la televisión mostraban que las víctimas fueron mayoritariamente de raza negra. Pero eso no probaba nada ya que… ¡el 70% de la población de Nueva Orleans era de raza negra!

Resulta demagógico decir que el huracán y la posterior inundación seleccionó a sus víctimas según la raza. Por ejemplo, cuatro (Jefferson, Plaquemines, San Bernardo y San Tammany) de los cinco barrios más afectados por las aguas fueron de mayoría blanca y sólo uno (Orlean Parish) lo fue de mayoría negra. En el seno de la progresía se lanzaban insultos de “racista” al huracán y al propio Bush. Sin embargo, las investigaciones posteriores de periódicos como The New York Times, poco habituado a engrandecer al presidente, pero sin tufillo de sectarismo, publicó un amplio reportaje en el que se demostraba que por el Katrina murieron proporcionalmente más blancos de lo que correspondía según el porcentaje de la población y que quienes murieron no eran, precisamente, pobres, sino personas que voluntariamente se negaron a abandonar la ciudad cuando podían hacerlo.

Sobre las evacuaciones, el hecho fue que gran parte de la población pudo salir antes de la sacudida del huracán en 38 horas frente a las 72 horas previstas en el plan de emergencias diseñado en 1997. El propio alcalde de Nueva Orleans aseguró que durante el fin de semana anterior al huracán un 80% de ciudadanos (sobre una población cercana al medio millón de personas) había abandonado la ciudad. Muchos de lo que se quedaron lo hicieron por propia elección.

En este sentido, el presidente Bush, a instancias de Centro Nacional contra Huracanes, ordenó a la gobernadora de Louisina y al alcalde de Nueva Orleáns que se llevara a cabo la evacuación completa de la ciudad. Si el 80% de la ciudadanía pudo salir de la ciudad –de acuerdo a los datos del alcalde- entonces unas 97.000 personas fueron quienes quedaron en la ciudad. Según los datos demográficos del censo del año 2000, de los 484.000 habitantes, 136.000 eran de raza blanca y unos 326.000 de raza negra.

Si asumiéramos que las 97.000 personas que se quedaron en la ciudad fuesen de raza negra, 229.000 individuos negros pudieron dejar la ciudad y otros 136.000 blancos pudieron también marchar. Por tanto, la evacuación frente al mito generado benefició a la comunidad negra, lo que en términos porcentuales equivale a un 70% de la población de esa tez –aunque seguramente fueron más teniendo en cuenta que muchos blancos se quedaron en la ciudad en la semana de la catástrofe.

Donde sí que es verdad que las autoridades estatales y locales podrían haber evitado artículos como éste, ante todas las falsedades que se sucedieron, fue en haber utilizado los cientos de autobuses escolares disponibles para trasladar al 30% de la comunidad negra que no tenía automóvil en lugar de llevarlos al Superdomo y al Centro de Convenciones. Pero eso no demuestra ni racismo ni una especial injusticia social americana porque… ¡en Europa pasa exactamente lo mismo! ¿O es que el Estado de bienestar regala coches a los pobres?

Más bien al contrario: dificulta su compra a través de exagerados impuestos. En definitiva, si hubiera que encontrar una sociedad injusta con sus pobres por no proporcionarles coches para huir de las catástrofes ésta sería, precisamente, ¡la europea!

Cuarto mito. El Katrina provocó miles de muertos.


ahogads.jpgSe habló de centenares, luego de miles y se llegó hasta los 10.000. Esa fue la cifra de muertes a causa del paso del huracán “Katrina” según el alcalde de Nueva Orleans, Ray Nagin, en una entrevista con la cadena de televisión NBC durante los días siguientes a la tragedia.

Según él, había miles el número de cadáveres que todavía permanecían bajo las aguas de la ciudad. Sin embargo, el ciclón causó la muerte de 1.833 personas y pérdidas económicas por unos 81.000 millones de dólares, pese a que inicialmente se llegó a decir que era peor que el terremoto que golpeó a San Francisco en 1906 y donde murieron unas 3.000 personas.

Del número de muertos atribuidos al mortífero huracán, al menos 1.577 víctimas fueron del estado de Luisiana, 238 de Misisipi, 14 de Florida, dos de Georgia e igual número en Alabama.

Las cifras están incluidas en el más reciente informe elaborado por el Centro Nacional de Huracanes (CNH), con sede en Miami. 

Un primer informe del CNH, divulgado en diciembre de 2005, calculaba que las muertes relacionadas con el huracán ascendían a 1.336 y de este número, 1.090 correspondían a Luisiana y 228 a Misisipi, mientras que en los otros tres estados la cifra no registró cambios. Las cifras se incrementaron en otras 500 personas pero no hasta la apocalíptica visión que se ofreció desde los medios europeos.

De hecho, el 7 de septiembre de 2005, el Ministerio de Asuntos Exteriores español se sumaba a la estrategia de la confusión y hablaba de seis españoles desaparecidos. Finalmente, sólo se contabilizó una víctima extranjera y de nacionalidad británica. El departamento que dirige Miguel Ángel Moratinos nunca aclaró que todos los españoles estaban sanos y salvos.

Quinto mito. Anarquía, asesinatos, violaciones en Nueva Orleáns.


La polémica foto. Del ciudadano negro se dijo que era un saqueador y los blancos que buscaban refugio.Así ¿informaba? un 2 de septiembre de 2005 El País: “La violencia, los saqueos y el caos se han apoderado de la ciudad ahogada de Nueva Orleans. Las autoridades se vieron ayer obligadas a suspender la evacuación de los miles de personas que están atrapadas sin salida, sin agua y sin comida, después de los tiroteos contra los helicópteros militares que están siendo utilizados para trasladar a los afectados”.

Francotiradores disparando a los helicópteros, niños flotando en el Superdomo, niñas violadas, cadáveres dentro de frigoríficos, tiburones, envenenamientos, ritos satánicos de vudú que se publicaron como si fueran hechos contrastados… Sólo faltó que alguien hubiera visto a los cuatro jinetes del Apocalipsis descendiendo del cielo.

Mientras en España, con informaciones tan descabelladas y sin verificar, no se podía escapar la oportunidad de atizar a Bush y a su política fiscal de favorecer a los ricos y perjudicar a los pobres

Sin embargo, ya se sabe que en el refugio improvisado en el Superdomo, no se violaron bebés ni adolescentes de 13 años, ni los mataron después, tal y como había advertido el responsable de la policía de Nueva Orleáns Eddie Compass. No se produjeron actos de canibalismo, como se aseguraba en el blog de la periodista demócrata Arianna Huffington. No nadaron tiburones por las calles de Nueva Orleáns, tal y como se publicó hasta en medios internacionales. Ni tan siquiera la famosa sopa tóxica que inundaba la ciudad resultó tan envenenada. Al final circularon tantos rumores en las zonas inundadas que el estado de Mississippi tuvo que establecer una “línea caliente” telefónica para combatir las mentiras.

Pero lo más nociva fue la desinformación sobre los refugios improvisados en el estadio Superdomo y Centro de Convenciones en Nueva Orleans. Compass dijo durante la primera semana del desastre que se había producido un tiroteo entre policías y cientos de miembros armados en el Superdomo. Los medios informaron de que se habían almacenado cientos de cuerpos en el refrigerador del Centro de Convenciones. Todo esto ha sido desmentido, según puede leerse en el laureado con un Pulitzer The Times Picayune. Sin embargo, en España sólo un porcentaje muy mínimo de población ha podido enterarse, por lo que una gran mayoría sigue instalada en las intoxicaciones de aquellos días.

Eddie Compass y Ray NaginLa exageración de la violencia pudo haber agravado la catástrofe humana. El 6 de septiembre, el alcalde Nagin ordenó a las fuerzas policiales a combatir los saqueos en vez de suministrar ayuda porque según él “en el Superdomo la gente ha presenciado asesinatos y violaciones”. 

Eddie Compass fue despedido un mes después y un año más tarde ha lamentado públicamente los rumores de crímenes desalmados. La prensa, con la que hablaba a diario, le consideraba una fuente fiable, y por tanto difundió sus palabras como hechos, contribuyendo a magnificar una imagen apocalíptica que, según algunos testigos, no se correspondía con la realidad. El propio jefe de Policía se retorció de angustia a cuenta de esas exageraciones que algunos atribuyen a sus agentes, que intentaban justificar su pérdida de control. Durante tres días creyó que su hija de 19 años, atrapada en un hotel, había sido violada. Uno de sus amigos más cercanos y portavoz del cuerpo, Paul Accardo, se disparó un tiro en la sien cuando le dijeron que su mujer se había ahogado. Ninguno de estos rumores fue cierto.

“Estaba tan preocupado con que no pareciera que estaba intentado ocultar cosas, que daba la información antes de que hubiera sido verificada. Eso causó mucha confusión y un montón de problemas”, confesó al diario local, The Times Picayune.

Finalmente, la realidad se impuso y los medios empezaron a enfrentarse a las autoridades. “Llegó el momento en el cual lo que decían de bandas armadas y saqueos no tenía ninguna relación con las imágenes de enfermos y viejos en el Superdomo”, aseguró el analista de medios neoyorquino Andrew Tyndall.

Es cierto que las condiciones que se vivieron en el Superdomo no fueron las mejores, con mucho calor y malos olores, pero muy lejos de la situación que se describía.

SuperdomoCuando el Superdomo fue inspeccionado, sólo se hallaron seis cadáveres frente a los 200 especulados. Cuatro perecieron por causas naturales, otra por sobredosis de droga y el sexto se suicidó. La supuesta violación a una niña de 7 años, fue más que eso, pura invención. De los cuatro cadáveres del Centro de Convenciones, tres murieron por causas naturales y el cuarto tenía una herida de navaja. Ningún cadáver en el refrigerador.

¿Anarquía en las calles? La mayor parte de los saqueos fue de gente que buscaba comida y bebida para sobrevivir. No hubo ningún asesinato, ni francotiradores. De hecho, no se localizaron huellas de balas en ninguno de los helicópteros que participaron en los rescates.

Sexto mito. El Katrina destruyó la infraestructura petrolífera e iba a dejar sin energía a los EE UU.

Una plataforma de la costa del Golfo, destrozada al paso del KatrinaEn un principio las imágenes fueron deprimentes: plataformas petrolíferas destrozadas y echadas a perder. Sin embargo, el Katrina provocó daños mínimos en la infraestructura energética. Solo 86 de las 4.000 plataformas de crudo sufrieron daños o destruidas. Un mes después, el huracán Rita acabó con 125 más. Los parones provocados afectaron al 30% de capacidad de las refinerías estadounidenses. Sin embargo, la recuperación fue más rápida que lo que muchos expertos predijeron.

A finales de 2005, la producción sólo había caído un 8% y sólo tres refinerías seguían paradas.

Séptimo mito. Bush no ha aprendido las lecciones del Katrina.

George Bush y Ray Nagin, en la reconstrucciónPese a todo lo analizado, el odio a EE UU lleva a que muchos medios españoles sigan a estas alturas sin rectificar por las informaciones inexactas o falsas transmitidas el pasado año y mezclando buena parte de dichos mitos con situaciones actuales. El 29 de agosto de este año El País afirmaba en un editorial –‘Blues’ del Katrina- que “ni se han adoptado medidas suficientes que garanticen que no volverá a repetirse una tragedia similar (…)  que dejó al descubierto una bolsa de pobreza impensable (…) Hoy Nueva Orleáns no se ha repoblado y tiene la mitad de habitantes que los 460.000 que allí vivían antes del desastre (…). El huracán puso al descubierto una realidad descubierta en la primera potencia del mundo: la de la pobreza, la del racismo y la de los servicios públicos que no funcionaban (…) Poco se ha aprendido. Lo que ha fallado es todo un sistema y las lecciones no se han aprendido con la suficiente rapidez y fuerza”. Incluso, el 16 de septiembre de 2005, con motivo del cuarto aniversario del 11-S, el rotativo de izquierdas decía en “Bajada de las aguas” que “la Administración Bush no aprendió las lecciones del 11-S y tras el Katrina ha quedado seriamente tocada”.

Sin embargo, la batalla de Nueva Orleans por renacer de sus escombros se libra calle por calle, manzana por manzana, pero las secuelas del huracán “Katrina” ya dejan entrever que lo que se está fraguando es una ciudad distinta, más rica, más blanca y menos poblada. Y sus habitantes confían en que también más segura.

A día de hoy, la mitad de los ciudadanos de Nueva Orleans todavía no ha vuelto a sus hogares y, en muchos casos, hay serias dudas de que eso llegue a suceder alguna vez.

Para evitar una nueva catástrofe, la autoridades de Nueva Orleans presentaron el pasado 2 de mayo su plan de prevención, que contempla la evacuación obligatoria de todos los habitantes ante una amenaza de inundación.

Además, la ciudad reforzará las medidas de seguridad para que sus residentes no tengan miedo de abandonar sus negocios y propiedades y así se marchen rápidamente.

El plan da prioridad a las personas con necesidades especiales y a los ancianos y permite que los evacuados suban a los autobuses con sus mascotas, si éstas van en una jaula.

George Bush en Nueva Orleans, un año después del KatrinaMientras, las autoridades federales intentan transmitir calma y confianza y el propio Secretario de Seguridad Nacional, Michael Chertoff, dijo que EEUU está revisando los planes de emergencia de los cincuenta estados y de las 75 mayores áreas urbanas del país. “Estamos mejor preparados a nivel federal para la temporada de huracanes de este año que para la de 2005 y, tal vez, mejor que nunca antes, porque hemos asumido los pasos esenciales para potenciar nuestra capacidad en varias áreas”, aseveró.

Por su parte, George Bush ha destinado diferentes ayudas por valor superior a 150.000 millones de dólares (septiembre de 2005, febrero y junio de 2006) para levantar la costa del Golfo de México. Los estadounidenses confían en que así sea. Nueva Orleans lucha por volver a ser el templo del jazz y dejar de ser la ciudad del “blues”, es decir, de la depresión y la tristeza. Entre tanto, los estadounidenses parecen confiar en que esta vez el FEMA y el resto de agencias responsables en la materia sí actuarán con diligencia. Una encuesta divulgada en mayo por la cadena de televisión CNN evidenció que el 52 por ciento cree que el gobierno federal está preparado para responder a las tormentas.

Y en la misma línea se sitúa Bush con el respaldo del 42% de los estadounidenses, porcentaje muy similar al de agosto de 2005, mes del devastador Katrina.

Jorge Mestre Política internacional

Pallywood

Lunes, 28 de agosto de 2006

El ya clásico documental de Richard Landes sobre los montajes que se realizan en medios palestinos para luego presentarlos como noticias en medios occidentales, ahora subtitulado en español.

Jorge Mestre Varios

¿Quién le quita el cascabel al gato?

Domingo, 27 de agosto de 2006

15.000 cascos azules al LíbanoEl envío de 9.000 soldados europeos como parte del contingente de 15.000 cascos azules que progresivamente van a ir a Líbano a mantener el alto el fuego, deja abierto el debate de quién a va desarmar a Hizbolá y cómo. El propio secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, dijo el pasado viernes que el desarme tenía que ser fruto del “consenso político en el Líbano”. Son muchos quienes en medios internacionales han querido hacer la traslación del desarme del IRA al Líbano y aseguran que los precedentes del IRA muestran que algunos terroristas pueden ser persuadidos de dejar las armas, siempre que sus demandas sean atendidas en el proceso político. De hecho, Hizbolá aspira a lograr representación para los chiíes en el Líbano, como el IRA pretendía para los católicos en Irlanda del Norte.

Sin embargo, desde mi punto de vista hay una gran diferencia que no puede pasar desapercibida y es que Hizbolá ha usado sus armas no contra su país, sino contra Israel y lucha con el objetivo de destruir al país vecino. La reintegración de Hizbolá en la vida civil debería ser un objetivo inmediato para el cual las fuerzas internacionales deberían facitar la instauración de un período de calma e impedir el rearme de los milicianos desde Siria. En el terreno político, habría que saber conjugar con equilibrio algunas de sus demandas bajo un desarme absoluto, léase la entrega de las Granjas de Cheba, el intercambio de prisioneros y adecuar la representación de aquellos chiíes que actualmente tienen privado su derecho de voto.

Claro que lo ideal hubiera sido que tras la aprobación de la resolución 1701 de la ONU, Hizbolá hubiera entregado las armas como hizo el pasado año el IRA, pero no olvidemos que para llegar a ese punto el gobierno británico necesito más de diez años. Los cascos azules han logrado desarmar a los bandos enfrentados en Kosovo, Sierra Leona y Liberia, pero esa meta en Oriente Próximo no es tan inmediata. No obstante, pese a la delicadeza de la situación y sólo porque no veamos una solución actual, no debemos cejar para lograr la paz en la zona.

 

Jorge Mestre Política internacional, Varios

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