El liberalismo a debate
Un traducción liberal (A liberal translation)
Tanto el gobierno como los mercados tienen su espacio en una sociedad decente, sugirió el presidente Barack Obama en su discurso de investidura, pero pueden convertirse en fuerzas dañinas si no se ponen limitaciones.
Aparte del mensaje de Obama, sólo existe un nombre correcto y apropiado de la filosofía política, codificada en el ADN constitucional de EE UU, que propone éste y otros equilibrios: el liberalismo.
Al igual que en muchos de los discursos de Obama, en el de investidura, presentó una combinación de constitucionalismo clásico y liberalismo igualitario moderno. Todo en el mismo sentido, pero nunca sin pronunciar el término. Cualquier persona que conozca algo del discurso político contemporáneo en los Estados Unidos sabe el porqué.
Hace algo más de 20 años, un grupo de destacados intelectuales norteamericanos, reunidos por el historiador Fritz Stern, publicaron un anuncio en The New York Times, para tratar de defender la palabra “liberalismo” en contra de su uso indebido por Ronald Reagan y otros políticos conservadores. Fue en vano. Durante las últimas dos décadas, un verdadero excéntrico uso ha prevalecido en el debate público. El liberalismo se ha convertido en un término peyorativo que hace alusión -para añadir al asunto una dosis de frivolidad- a una unión no sagrada del intervencionismo público y la fornicación.
Este extraño uso conduce al extremo de la publicación de libros como “Líbranos del mal: La derrota del terrorismo, el despotismo y el liberalismo”. Además, acaba también infectando a las mayorías. Interrogada Hillary Clinton, en uno de los debates de las primarias en el Partido Demócrata, sobre la definición del término “liberal” y si ella lo era, respondió que era una palabra originalmente asociada con la creencia en la libertad, pero que lamentablemente, se asociaba con el intervencionismo estatal. Por lo tanto, concluyó, “yo prefiero la palabra ‘progresista’, que tiene un verdadero sentido norteamericano”. Esto nos lleva a que el significado de “liberal” sea irreal, antiamericano, o posiblemente las dos cosas.
Pero EE UU no es el único lugar donde el “liberalismo” es muy controvertido. En una reciente conferencia en Oxford, con ponentes de América, Europa, India, Japón y China, exploramos deliberadamente lo que conocemos como “liberalismos”. Curiosamente, lo que es brutalmente atacado como “liberalismo” en Francia, y en gran parte de Europa central y oriental, es precisamente lo que es más querido por los libertarios o “conservadores fiscales” de la derecha americana. Cuando la izquierda francesa y los populistas polacos denuncian el “liberalismo”, se refieren al modelo anglosajón, al libre mercado capitalista sin ninguna regulación. (A veces el prefijo neo- o ultra- se añade para dejarlo más claro).
Un intelectual chino nos dijo que en su país, “liberalismo significa todo lo que a su gobierno no le gusta”. El término se utiliza en China como un instrumento político para atacar, en particular, a los defensores de las reformas económicas. Los estándares de lo que se considera social o culturalmente liberal también varían ampliamente. Un conferenciante indio observó irónicamente que en la India un padre “liberal” es aquel que permite a sus hijos elegir con quién casarse.
Frente a esta cacofonía conceptual que hay por todo el mundo, algunos en la conferencia argumentaron que deberíamos abandonar el término, o por lo menos descomponerlo en varias partes con significados más claros. Sin embargo, las combinaciones y equilibrios corresponden a la esencia definitoria del liberalismo, y el todo al final resulta mayor que la suma de sus partes.
Como teórico político de Oxford, Michael Freeden, observó que si sólo uno de los componentes necesarios predomina, por ejemplo, el libre mercado, entonces el término resultante podría ser “iliberal”. El más importante, el debate de nunca acabar sobre el liberalismo, no sólo son sus ingredientes esenciales, sino también su forma, proporción y relación con otros.
Una posible lista de elementos esenciales para el liberalismo del siglo XXI, incluiría la libertad bajo la ley; gobierno limitado y transparente; los mercados, tolerancia, alguna versión de individualismo y universalismo; y nociones de igualdad humana, razón y progreso. La mezcla de los ingredientes difiere de un lugar a otro. Si algún primo lejano pertenece, en realidad, a la familia amplia de liberalismos es una cuestión de sana controversia. Pero pese a la evolución de la combinación siempre hay algo que perdura.
Este ha sido un argumento en EE UU, algunos dirían el argumento de América, durante más de 200 años. De hecho, los Estados Unidos está lleno de liberales, tanto progresistas o de izquierda y los liberales, insisto, conservadores o de derechas. La mayoría de ellos no usa la palabra. El liberalismo es el amor que EE UU no se atreve todavía a pronunciar su nombre.
Por razones obvias, actualmente estamos presenciando en todo el mundo las críticas a una versión de libre mercado o de puro liberalismo, también conocido como neoliberalismo, acusado de habernos conducido a nuestro actual desorden económico. Sin embargo, nuestros colegas europeos y chinos están de acuerdo en que los mercados siguen siendo una condición indispensable para la libertad. Un líder reformador económico chino llegó a decir que actualmente hay menos desigualdad de renta en las provincias chinas donde el mercado desempeña un papel más importante.
Yo no espero que Obama haga uso de esta palabra en un futuro próximo. Pero aquellos de nosotros que creemos en el carácter universal, en el valor perdurable del liberalismo, estamos contentos de verlo empezar por restablecer la firmeza de “la cosa”. Ha reafirmado la decisiva importancia de la igualdad y de la libertad bajo el imperio de la ley, no por ello menos importante, ordenando el cierre de la prisión de de Guantánamo. La búsqueda de un equilibrio más justo y eficaz entre el gobierno y los mercados está en el centro de sus prioridades domésticas. También ha encontrado formas para presentar el valor tradicional de la tolerancia liberal en un nuevo lenguaje que habla a nuestro cada vez más confuso mundo.
Entonces, tal vez en su segundo mandato, podría llegar a atreverse a rescatar el término.





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