Política española

Elecciones en Andalucía y lecciones de supervivencia política

José Antonio Griñán

La continuidad más que previsible de los socialistas andaluces en el gobierno de Andalucía plantea una serie de interrogantes que me interesa tratar de responder. Por ejemplo, ¿es normal o lógico en democracia que un partido político gobierne ininterrumpidamente durante 30 años? ¿Es sano para la propia democracia un hecho de estas características? ¿Es fruto este hecho de las imperfecciones de nuestro sistema electoral? ¿Falta mayor cultura democrática en la sociedad? ¿Qué hace un partido político para preservarse tantos años en el poder? Habrá quien diga que lo que sale de las urnas, por el hecho de hacerlo, convierte en democrática la acción de gobierno que le sucede. Sin embargo, las elecciones pueden ser democráticas, pero los modos y maneras del líder elegido pueden ser de auténtico déspota. Tengo la sensación, y a los hechos me remito, de que el electorado español muestra una madurez democrática bien diferente según vote en elecciones locales, autonómicas, o generales.

Es en éstas últimas en las que desde el año 1996 parece seguirse el mismo patrón de las democracias liberales modernas. Dos legislaturas del PP, dos del PSOE, y ahora de nuevo el PP. En los últimos años se observa un escenario donde la confianza de los electores hacia los electos no se suele renovar más allá de los dos mandatos, un primero basado en las expectativas generadas por quien acaba de entrar, donde se exige al gobernante, pero se le concede mayor margen, y un segundo mandato de gran desgaste, que suele conducir a la derrota.

Curiosamente todo esto no es reproducible en la política municipal ni autónomica española. Treinta años de socialismo en Andalucía, pero otras comunidades como la murciana, la castellano leonesa, o los casos de alcaldías como la de Valencia, son ejemplos claros de supervivencia política a quienes Bruce Bueno de Mesquita les ha dedicado su extraordinario y último libro, “The Dictator’s Handbook: Bad Behavior is Almost Always Good Politics”.

Resulta obvio que para mantenerse en el poder se requiere el apoyo de los demás. Pero este apoyo se obtiene cuando un líder ofrece a sus pilares esenciales, más beneficios de lo que podrían esperar recibir, bajo otro gobierno alternativo. Cuando alguien espera estar mejor bajo otro rival político, abandona al primero y se decanta por la nueva alternativa.

El oprobioso alcalde de la población zamorana de Peleas de Abajo, Marcelo Jurado, perseguido ahora por la justicia por convertir su municipio en el más endeudado de España, con una deuda de 18.000 euros por habitante similar a la griega, siguió este modelo y ganó elección tras elección porque llegaba a prometer a todos los vecinos que si le votaban, daría empleo a los hijos de sus fieles o haría determinados favores.

Cualquier dirigente político que quiera perpetuarse en el poder trata de ofrecer a sus seguidores más que lo sus otros rivales puedan dar. Según Bueno de Mesquita, para la supervivencia política hay cinco reglas básicas que los gobernantes utilizan:

Regla 1: Mantener la coalición ganadora lo más pequeña posible. Una coalición de pequeños permite a un líder depender de muy pocas personas para permanecer en el poder.

Regla 2: Mantener un selectorado nominal lo más grande posible. La escena política se puede dividir en tres grupos de personas: los selectores nominales, el selectorado real, y la coalición ganadora. El selectorado nominal incluye a toda persona con derecho a voto, es decir, todos los ciudadanos mayores de dieciocho años. El segundo estrato de la política es el selectorado real. Este es el grupo que realmente elige el líder. En la China de hoy (como en la antigua Unión Soviética), se compone de todos los miembros votantes del Partido Comunista, en la monarquía de Arabia Saudita son los miembros más antiguos de la familia real, en España, los cuadros de cada partido que elaboran las listas.

Regla 3: Tener control sobre los ingresos.

Regla 4: Recompensar a los principales partidarios lo suficiente para mantener su lealtad. Es el caso también de Robert Mugabe de Zimbawe quien, cada vez que enfrenta una amenaza de un golpe militar, logra finalmente pagar a su ejército, manteniendo su lealtad contra viento y marea.

Regla 5: Una política efectiva para con las masas no implica necesariamente lealtad. Al igual que los dictadores y tiranos, los líderes de las naciones democráticas siguen estas reglas, afirma el autor, ya que como todos los otros líderes, quieren conseguir el poder y preservarlo. “Incluso los demócratas casi nunca renunciarán a nada a menos que estén obligados a ello”, escribe.

En España y, concretamente en las comunidades autónomas, la transferencia de capital fruto de las transferencias de competencias ha pervertido en muchas ocasiones la verdadera finalidad del dinero público. Así lo hemos visto en Andalucía con los ERE falsos, en municipios que se han endeudado hasta límites insospechados; en empresas públicas como las televisiones autonómicas que han despilfarrado el dinero; en fundaciones que han utilizado su actividad para patrocinar o comprar lealtades al servicio del poder; y así podríamos seguir hasta conseguir explicar cómo en la micro política española, resulta más fácil ganar elección tras elección no por los méritos de quien ha gobernado sino porque ha sido capaz de crear una red clientelar que el propio sistema es incapaz de doblegar salvo que se establezcan unas nuevas reglas de juego.

Escrito el por Jorge Mestre en Política española Dame tu opinión

Éxodo de talento

Que una tercera parte del casi 1,5 millones de universitarios españoles esté preparando las maletas para buscar oportunidades profesionales en el extranjero debería ser motivo de gran preocupación. Pero no es así. Hasta ahora se ha hablado de esta realidad como un hecho circunstancial rayano entre lo aventurero y lo infortunado de un sistema incapaz de absorber la demanda de empleo de sus jóvenes.

En estos tiempos de crisis nos hemos atiborrado a hablar de los desequilibrios presupuestarios de las administraciones públicas que han dilapidado el dinero de todos de manera desaforada y sin control alguno. Casi todos estos desequilibrios vienen recogidos en la contabilidad de las administraciones y dichas pérdidas aparecen pues allí reflejadas.

Sin embargo, el éxodo de los jóvenes españoles, la gran mayoría universitarios tiene un impacto económico y unas consecuencias sociales en el largo plazo de las que pocos se han parado a pensar por la brecha que separa lo prioritario de lo urgente. No conozco ningún economista que haya hecho un estudio sobre el coste que supone que varios cientos de miles de nosotros acabe buscando mejor fortuna en el exterior.

Podemos hacernos alguna idea. Si cada universitario supone para el erario público unos 7.000 euros y pensamos que en los cuatro años de crisis unos 300.000 jóvenes ya han abandonado el país (las cifras del INE reflejan que el censo electoral de españoles en el extranjero pasó de 1,1 millones en 2006 a 1,5 millones en 2011), habremos perdido unos 2.100 millones de euros en formar profesionales (un 0,21% del PIB) para beneficio de terceros países. Y eso ha sido la tendencia de los últimos años, pero claro está que las perspectivas tan negativas de encontrar empleo contribuirán a una mayor fuga de cerebros de la que ahora conocemos.

Posiblemente la cifra de emigrantes españoles no alcance las cotas de los años 60 del pasado siglo, donde dos millones de personas se vieron obligadas a abandonar su lugar de origen para encontrar empleo. La gran diferencia de la ola de emigrantes actual con aquella es que la de hace cincuenta años estaba compuesta por trabajadores manuales y en un 80% analfabetos, incapaces de situar en un mapa Alemania o Suiza.

Los emigrantes actuales son una pieza clave para el desarrollo no sólo económico de la sociedad española, sino para el mantenimiento de la clase media. No se trata por tanto solamente de la pérdida de profesionales, sino de la pérdida de la clase media que es la que permite un desarrollo equitativo y de igualdad de oportunidades en toda sociedad. Hace cincuenta años emigraban fundamentalmente de las capas sociales con menos recursos y cuyas divisas fueron fundamentales para el desarrollo económico del país.

Los actuales emigrantes son en su mayoría licenciados universitarios a los que ya no les parece claro que la titulación universitaria sea útil en el paralizado mercado laboral de España. No se trata únicamente de contar con un empleo o estar en la calle, sino las inciertas perspectivas que en este sentido hay a medio y largo plazo.

La triste realidad es que esos jóvenes no sólo no pueden desarrollar sus habilidades en nuestro país, sino que además están dispuestos a marcharse para ejercer su profesión. Ese es un fenómeno, nada nuevo, acontecido a lo largo de la historia y que en los últimos años ha acuciado a los países en vías de desarrollo.

Por ejemplo, según Naciones Unidas, India pierde anualmente 2.000 millones de dólares por la emigración de sus informáticos a EE UU. El hecho de que los universitarios indios viajen a estudiar al extranjero supone un coste por salida de divisas superior a los 10.000 millones de dólares anuales. Pero a diferencia de España, el país del sur asiático crece a un ritmo de un 7% anual, tiene una economía muy diversificada, sólo un 10% de paro y, eso sí, ha de hacer frente al desafío que supone reducir las desigualdades económicas y sociales.

A estas alturas trato de buscar el lado positivo para la economía española, para nuestro crecimiento y para nuestro futuro de esta primera ola de emigración del siglo XXI y me cuesta encontrarlo, por no decir que es imposible. Comprendo que hay que atender asuntos urgentes actualmente, pero una crítica generalizada a los gobernantes españoles de los últimos años es su política cortoplacista, más pendientes del día a día, que de la herencia que recibirá la sociedad española en cinco años.

Escrito el por Jorge Mestre en Política española Dame tu opinión

Mientras España se duerme, el mundo hierve

Este 29 de septiembre de 2010, mientras España estaba en huelga general, el resto del mundo hervía. Se ha hablado de pérdidas de derechos laborales, sociales, desprotección, etc., pero en el mundo en que vivimos sólo hay dos caminos, o el del Estado mantenedor, el gran Leviatán, que sufraga a golpe de subvención intervencionista la falta de competitividad de las empresas, trabajadores, los sectores productivos y la nula producción del conocimiento, o el del Estado que se encarga de crear las condiciones favorables para la creación de empresas, innovación, conocimiento e incentivar a los mejores. Eso se logra a través de la creación de una legislación laboral flexible, un marco fiscal favorable y el impulso de la educación e investigación universitaria. Son los dos modelos a elegir por cada país.

Hace 25 años la primera opción era la fácil, la menos contestataria y la de mayor rédito electoral. Sin embargo, a estas alturas del partido la única opción que le queda a Occidente es la segunda. Los sindicatos lanzan las mismas soflamas que en sus huelgas generales de los años 80 porque creo que no se han querido enterar de la liga que jugamos ahora, que los centros de gravedad económicos ya no se sitúan en este lado del mapa, sino a miles de kilómetros, como India y China, y que si no queremos perder el tren de la competitividad, no nos queda más remedio que aceptar una reforma laboral más que necesaria.

Creo que el gobierno de Zapatero no es responsable directo de situaciones como la evolución de las minas del carbón en Castilla y León, como tampoco lo fue el gobierno de Felipe González sobre el sector siderúrgico de Sagunto. Pero sí que son responsables de no haber advertido antes la situación y que la falta de competitividad de la minería de la provincia leonesa se haya hecho insostenible ahora cuando no hay opción alternativa para todos los trabajadores empleados en dicha industria.

Hace 30 años, los empresarios del automóvil de los EE UU no se explicaban cómo podría ser que los fabricantes de Japón les superasen en producción mundial de vehículos. Así que decidieron viajar al país asiático para ver qué ocurría. Allí descubrieron que el secreto del éxito de Japón no estaba en una mano de obra barata o en las ayudas del gobierno, sino en su política del “lean manufacturing”, sistema basado en la mejora continua y en producir los productos que el cliente verdaderamente necesita.

Ahora algo muy similar está ocurriendo en el mundo en desarrollo. No creo que sea noticia afirmar que los nuevos centros de gravedad económicos se desplazan hacia los mercados emergentes.

Si adquieres un nuevo un teléfono móvil seguramente estará fabricado en China. Si tienes un problema con Orange, Vodafone o Movistar, la llamada será atendida por una operadora de Colombia o Ecuador. Pero los países en desarrollo ya no se contentan con ser una fuente barata de mano de obra y conocimiento de bajo costo.

Actualmente se están convirtiendo en focos de innovación, con grandes avances en todo, desde las telecomunicaciones a la fabricación de automóviles a la atención de la salud. Rediseñan los productos hasta tal punto que logran reducir los costes hasta en un 90%.

Los indios, chinos o brasileños tratan de rediseñar los procesos de fabricación para hacer las cosas mejor y más rápidas que sus rivales occidentales.

Los países ricos pierden progresivamente el liderazgo en ideas innovadoras que transforman las industrias. Esto se debe en parte a que las empresas de los países más ricos realizan más investigación y desarrollo en los mercados emergentes.

Pero también es porque las empresas de los mercados emergentes y los consumidores también suben de categoría. Huawei, el gigante de telecomunicaciones chino, solicitó el año pasado 1.847 patentes, 300 más que las 1.536 que se demandaron en toda España entre universidades y empresas.

Patentes España y el mundo

Mientras que los sindicatos instaban a secundar la huelga general a todos los españoles, japoneses, estadounidenses y chinos presentaron el día de la huelga general más de un millar de patentes, lo que equivale a más conocimiento, más actividad económica y más puestos de trabajo.

Acabo de revisar los datos de la OMPI que hacen referencia a la situación de la propiedad intelectual en el mundo durante el año pasado, y los datos españoles son desoladores.

No hay empresas españolas entre las primeras 200 del mundo que mayor número de patentes solicitaron en el año pasado (ver cuadro). La actividad investigadora de las universidades españolas también dista a años luz de las primeras 50 universidades del mundo que hacen investigación, en lugares donde se comparte el conocimiento, la tecnología, hasta tal punto que se consiguen sociedades más preparadas para afrontar los retos más inmediatos.

Aquí se habla de acabar con la tarifa plana por parte de Telefónica, en un país como España donde el tiempo dedicado a navegar por Internet es de 12 horas a la semana, mientras que los chinos emplean 20 horas semanales.

Thomas Jefferson, el padre del sistema de patentes, lo explicó muy bien: “Quien recibe una idea de mí, recibe la enseñanza él mismo, sin que por ello la mía disminuya, del mismo modo que aquel que enciende su lámpara con la mía, recibe luz sin oscurecerme a mí”.

Y si en España no nos caracterizamos por nuestra actividad innovadora, no deberíamos hacer nada encaminado a restringir la circulación del conocimiento que se hace a través de la Red. Las ideas son la única materia prima que se propaga a un coste marginal cero. Una vez creadas, las ideas se difunden por todas partes, enriqueciendo todo lo que tocan.

En este sentido, el escritor e investigador William Rosen ha publicado recientemente un libro, “The Most Powerful Idea in the World: A Story of Steam, Industry, and Invention” (“La idea más poderosa del mundo: La historia del vapor, la industria y la invención”) donde rebate la creencia bastante instalada entre los historiadores de que la Revolución Industrial se inició en Inglaterra debido a la gran presencia allí de carbón.

Para Rosen, todo fue consecuencia de la creación de un sistema de patentes desconocido en cualquier país del mundo el que impulsó a los artesanos ingleses al campo de la invención y a los burgueses a apoyarlos financieramente.

Esa es la clave del sistema de patentes. Las empresas ganan dinero con la creación de ideas a través de la ley de propiedad intelectual. Eso es lo que las patentes, derechos de autor y secretos comerciales hacen: contener el flujo natural de ideas en la población durante el tiempo suficiente para obtener un beneficio.

En EE UU, Beth Noveck, una de los miembros de la administración Obama, y autora de un libro titulado “Wiki Gobierno”, ha liderado una iniciativa llamada “echa un vistazo a las patentes” (peertopatent.org), en el cual los ciudadanos apoyan al gobierno a revisar las solicitudes de patentes en un sistema donde se comparte el conocimiento para mejorar el rendimiento del gobierno.

Esta participación directa de los ciudadanos en los asuntos públicos ya la reclamó John Stuart Mill en 1861 y cada vez se hace más necesaria para alimentar la innovación en los países ricos y hacer frente a los cambios de la innovación disruptiva que viene de los países en desarrollo.

Las economías emergentes no son más que un reto que han de conducir a la innovación. Desde dichos países se ha desatado una ola de bajo costo, con innovaciones disruptivas que han llegado a todos los países occidentales y agita muchas industrias hasta sus cimientos. No estamos ante una crisis sin más, sino ante un cambio de modelo.

El cambio será doloroso para los que sigan resistiéndose en ver lo que ocurre a su alrededor, como suele ocurrir con la innovación disruptiva, pero eso es responsabilidad de quienes la ignoran o la desprecian.

Las empresas de los países emergentes están avanzando en un mayor número de frentes que lo que hicieron los japoneses hace 30 años y también lo hacen mucho más rápido, engullendo a los rivales occidentales.

La innovación emprendida en China o la India no se basa únicamente en la imitación y en la mano de obra barata, pues están muy concienciados en rediseñar productos y procesos que recorten gastos innecesarios.

Un ejemplo es el Tata Nano, el coche más barato del mercado, que cuesta 1.500 euros y que se ha conseguido no sólo porque se le han quitado elementos de confort sino porque la compañía india reinventó y minimizó el proceso de manufactura, a través de un diseño innovador.

Todo esto supone una buena noticia para los miles de millones de personas que viven en el BRIC (Brasil, Rusia, India y China) y otros países en desarrollo. Más consumidores tienen acceso a los bienes y servicios que hasta ahora eran sólo de unos pocos. Y bienes y servicios más baratos serán una bendición para los consumidores occidentales, quienes afrontan unos años de lento crecimiento en sus niveles de crecimiento económico.

A los gobiernos de los países occidentales les corresponde aprender de los errores del pasado, no poner barreras, favorecer la economía del conocimiento a través de la infraestructura necesaria que alimente la creación de empresas, la innovación y el triunfo del talento. Tenemos que ser los japoneses de hace cien años que aprendieron las técnicas de producción masiva de los estadounidenses, para intentar mejorarlas, como hacen actualmente chinos e indios.

Escrito el por Jorge Mestre en Economía, Política española 2 Comentarios
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